Objetivo 2020: así serán los robots del mañana

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Se atreven a atender al público en hoteles, vigilan y custodian centros comerciales y prestan una mano – o mejor dicho, un par de pinzas precisas – a los cirujanos en ciertas operaciones. Cada vez más son los espacios en los que descubrimos un robot y un humano interactuando entre sí y parece que en un futuro próximo no será raro encontrarse una máquina trabajando codo a codo con un científico o de pinche acompañando al chef de un restaurante.

Así al menos lo predice la consultora estadounidense Merrill Lynch, que estima que para 2020 el sector de la robótica y la inteligencia artificial alcanzará un valor de 153.000 millones de dólares (146.000 millones de euros). Los analistas de Gartner, por su parte, señalan que para ese mismo año la robótica estará entre las principales preocupaciones del CIO de toda empresa.

Pero, ¿cómo serán los robots del mañana? ¿Qué relación tendrán con los humanos? ¿Se convertirán en nuestros compañeros de trabajo y amigos o serán lo suficientemente inteligentes como para temerlos?

Índice

El futuro, hoy

Hace un par de meses BakerHostetler, un bufete de abogados estadounidense, fichó para uno de sus equipos a ROSS, un robot con conocimientos sobre legislación de bancarrota que ayuda a los abogados en tareas de investigación. ROSS lee las distintas normativas, reúne pruebas e incluso se atreve a realizar inferencias y arrojar respuestas basadas en la evidencia.

Para ello ROSS emplea los algoritmos de inteligencia artificial de Watson, el sistema informático creado por IBM capaz de entender el lenguaje humano e interactuar con los mismos. Algoritmos que también le permiten aprender de los abogados que lo emplean. Pero a pesar de estar dotado de inteligencia artificial, ROSS no es un robot con presencia física, más bien un programa.

Más cuerpo presenta Da Vinci, un robot compuesto por cuatro brazos que ayuda a los cirujanos a realizar operaciones como intervenciones de cáncer de próstata, una gastrectomía o una endometriosis. Desde que fuera lanzado en 2000, Da Vinci ha participado en 3 millones de operaciones. En España ya está presente en 24 hospitales, 13 de ellos públicos, y ello gracias a los beneficios que supone para el paciente: una recuperación más rápida y una menor pérdida de sangre durante la intervención.

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Tanto ROSS como Da Vinci forman parte de la tecnología con la que cuenta una empresa. Inteligencias artificiales que, de acuerdo con Rob Nail, fundador de la Singularity University, han sido posibles gracias al tamaño cada vez más pequeño de los sensores, la mayor capacidad de procesamiento de los ordenadores, el uso difundido de la tecnología GPS y el avance en los lenguajes de programación, lo que ha abaratado el precio de tener un robot.

Como señalan en un informe de la firma estadounidense de gestión de activos Piper Jaffray, si antaño poseer un robot industrial le costaba a una empresa entre 100.000 y 500.000 dólares (entre 95.000 y 479.000 euros), actualmente el precio de una máquina inteligente se halla entre los 20.000 y 50.000 dólares (19.000 y 47.000 euros), un coste parecido a tener un vehículo.

Sin embargo, hoy en día también existen soluciones robóticas para los consumidores. Eso sí, no todos tienen apariencia de robots. Según explica a JUGUETRÓNICA Joan Oliver, director del Instituto de Robótica para la Dependencia, un ejemplo sería el asistente de Amazon, Echo.

Este, en concreto, “puede ser una ayuda para las personas dependientes, te avisa del tiempo que hace o que tengas cuidado con la ropa que te pones, y escucha y responde a preguntas”, asegura. A lo que añade que por un poco más de dinero podemos conseguir una máquina con rostro capaz de interactuar más con el usuario “y sin necesidad de una gran inteligencia artificial”.

El Instituto de Robótica para la Dependencia forma parte de la Fundación Ave María, una asociación encargada de atender a personas con discapacidad intelectual, ya sea en su hogar o en la residencia de la fundación.

Entre sus proyectos en desarrollo destaca el proyecto Never Alone, un programa informático que permite gestionar la comunicación entre la distintas organizaciones y personas que rodean a la persona dependiente, además de recordarle ciertas actividades a realizar cuando esté en casa, como por ejemplo sacar la basura tras encenderse una luz al lado de la papelera. “Sistemas sencillos, de bajo coste, poco o nada intrusos y específicos para cada persona”, explica.

A pesar de que la solución del Instituto de Robótica para la Dependencia pasa por volver inteligente el hogar de la persona dependiente con el fin de ayudarle, Oliver tiene claro que en un futuro este sistema convivirá con la presencia de un robot.

“Cuando hay que interactuar con la persona, como realizar alguna actividad, algún juego o intentar que socialice, un robot es una personificación de este software y un elemento para interactuar más eficaz”, señala. A lo que se suma el hecho de que los robots cuidadores poseen sensores que ayudan a detectar las emociones del usuario.

Las emociones en un robot

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Porque para que un robot y una persona dependiente puedan interactuar resulta necesario que éste entienda y sepa recrear las emociones propias del ser humano. Y ello para conseguir que a esta última le guste la compañía del robot. Así nos lo confirma Helena Matute, directora del Laboratorio de Psicología Experimental de la Universidad de Deusto.

“Para que a los humanos nos guste relacionarnos con el robot éste tiene que tener una conversación fluida y ágil y cuanto más nos comprenda y más empático sea, mucho mejor”, explica. Y pone como ejemplo los momentos en los que una persona se sienta afligida. “Si está triste y el robot se da cuenta de que está triste y le pregunta qué le pasa, se va a sentir mejor con él que con una máquina fría”.

Algo en lo que también está de acuerdo Ricardo Sanz, doctor en robótica e inteligencia artificial de la Universidad Politécnica de Madrid. “Las personas estamos acostumbradas a relacionarnos con personas y si tenemos un robot humanoide que es capaz de poner caras adecuadas, mejor”, afirma.

Desde hace un tiempo la Comisión Europea ha invertido, junto a empresas y entidades académicas europeas, en varios proyectos sobre robots cuidadores para personas mayores o con discapacidad. En todos ellos, además de crear el robot, los investigadores encargados de un determinado prototipo estudian la relación que mantiene con una persona mayor instalando la máquina en su hogar.

“Se está viendo que cuando se llevan el robot de vuelta a la universidad la gente lo pasa mal, como si fuera una mascota a la que le han cogido cariño”, nos cuenta Matute. De ahí que además se estudie el nivel óptimo de empatía que debería tener un robot.

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Pero el hecho de que un robot sea capaz de detectar emociones y reproducirlas no significa que la máquina las comprendan y eso es algo que, según Sanz, saben hacer los actores. “Un actor que llora en el teatro no tiene por qué estar triste y un robot que pone una cara o un gesto que asociamos a la tristeza, no quiere decir que el robot esté triste”.

Algo que, sin embargo, se podrá conseguir en un futuro lejano. De acuerdo con Sanz, la investigación en emoción robótica está empezando a dar sus primeros pasos, aunque deberemos entender primero cómo un ser humano siente la emoción. “Si no se sabe para los humanos, difícilmente podremos construir máquinas”.

Riesgos de la Inteligencia Artificial

A pesar de que numerosas consultoras estimen el auge que el sector de la robótica experimentará en 2020, los analistas de Gartner aseguran que nunca se logrará crear un robot completamente autónomo. Que ni será posible ni deseable.

La consultora recomienda que las máquinas del futuro más próximo sean capaces de aprender lo predecible, que puedan ser dirigidos con precisión y de forma controlada y que sea el ser humano el último responsable de las consecuencias de su uso.

Porque el hecho de que una inteligencia artificial sea capaz de aprender por si misma – como sucede hoy día- conlleva riesgos. Entre ellos, por ejemplo, que la máquina sepa actuar y manipular siguiendo la expresión de nuestras emociones. De acuerdo con Matute, el robot aprende siguiendo el proceso de estímulo-respuesta, por lo que puede aprender a reaccionar de una determinada forma ante una u otra emoción y actuar en función del objetivo que persiga.

Sin olvidar que la misma capacidad de aprender que poseen las máquinas de hoy posibilita que en poco tiempo dichas máquinas nos superen en inteligencia. De ahí que la psicóloga estime necesario que las administraciones públicas piensen en medidas que eviten tales riesgos, como así ha sucedido en Estados Unidos y Reino Unido, “donde van a crear una comisión para observar de forma continua cómo van desarrollándose los algoritmos de inteligencia artificial”.

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2 comentarios

  • Reyna Cruz says:

    Información muy importante.suerte para el
    Que si pueda algundia disfrutar de un robot…
    Yo no creo llegar a tener el gusto de tener uno y convivir 🙁
    Felicitaciones a todo científico bendecido por su grandísimo ingenio

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